La señora Potter no es exactamente Santa Claus, de Laura Fernández

Una estampa nevada, con una casa de madera al fondo, arboles y tres esquiadores
La señora Potter no es exactamente Santa Claus
Laura Fernández
Literatura Random House
Rústica / Digital | 608 páginas | 23,90€ / 10,99€cinco estrellas



No son muchas las veces que recuerdo poder vivir dentro de una novela. Y con vivir me refiero, por supuesto, a que una vez cerrado el libro, mi cabeza se puede trasladar hasta allí y pasear un ratito. Quizá si en Hogwarts por una temporada, en el Neo Seul de Somni-451 y en el Londres de Abajo de Neil Gaiman. Ahora, evidentemente, se suma la Kimberly Clark Weymouth de Laura Fernández. La fría y desapacible Kimberly Clark Weymouth donde la escritora Louise Cassidy Feldman creo a la famosa Señora Potter, un cuento infantil que dio toda su fama, tanto a la autora como a la ciudad. La fría y desapacible Kimberly Clark Weymouth donde existe la única tienda de souvenirs para los lectores de la excéntrica escritora. La fría y desapacible Kimberly Clark Weymouth aficionada a la investigación vecinal por culpa del show televisivo Las hermanas Forrest investigan. La eternamente fría y desapacible Kimberly Clark Weymouth, donde Billy Peltzer está harto de su heredada vida y decide cerrar la tienda de souvernirs de su padre para mudarse a otra ciudad. ¿Podrá sobrevivir Kimberly Clark Weymouth sin La señora Potter no es exactamente Santa Claus?

El festín de historias

La señora Potter no es exactamente Santa Claus no es solo una historia. Ni dos. Vale, ni tres. Es un festín de historias disparatadas repletas de humor absurdo y una ternura absorbente que te atrapan por completo. El descarriado Billy Peltzer, la madre en el exilio Madeline Frances, la pobre escritora de un solo éxito Louise Cassidy Feldman, el audaz agente inmobiliario McPhail o mis favoritos, los escritores más famosos de terror absurdo, los Benson. La amalgama de personajes nos llevan desde la sonrisa tímida a la carcajada, de la carcajada a la ternura, y a veces de la ternura, a la lagrimilla. Todos los personajes, principales y secundarios, tienen algo de perdedores. De patosos sociales con los que identificarnos, que fracasan intentando ponerse a la altura de lo que la sociedad espera de ellos. En Kimberly Clark Weymouth uno vuelve a abrazar a su niño interior, y quizá por eso, no quiere salir de allí.

Un rio helado la lado de un paisaje con arboles y una casa de madera, todo cubierto de nieve
Pintura de Paul Weaver

El lenguaje propio de Kimberly Clark Weymouth

Si por una casualidad (y debería darse dicha casualidad) has abierto la nueva novela de Laura Fernández en alguna librería, te habrá, probablemente, llamado la atención la forma en la que está escrita. O también, puede que la casualidad, te haya llevado hasta esos títulos tan largos que funcionan como resumen del capítulo. Tendrás, digo yo, infinita curiosidad por saber por que hay tantas palabras entre paréntesis, en mayúsculas o con cursivas. La respuesta es fácil. Toda la narración de La señora Potter no es exactamente Santa Claus esta plagada, además de diálogos eternos donde los personajes hablan y hablan (y hablan), de intromisiones del propio narrador a través de paréntesis, de mayúsculas que crean efectos de sonido y de cursivas que nos dan claves de las referencias que se mueven en Kimberly Clark Weymouth.

Kimberly Clark Weymouth es nuestro Stars Hollow particular

Si hay un mundo de ficción televisiva en el que muchos querríamos vivir, no dudo que saldría (muy) alto en la lista nuestro querido Stars Hollow de Las chicas Gilmore. Un pueblo de lo más disparatado, con acontecimientos casi semanales de lo más peculiares, diálogos endiabladamente rápidos y un cosmos en si mismo de personajes entrañables que no encontrarías en ningún otro lugar. Eso, está claro, hasta que llegues a Kimberly Clark Weymouth. Laura Fernández crea su propia ciudad inventada en la que conviven una amalgama de personajes inolvidables que actúan, junto con su singularidad, como una especie de radio patio vecinal al más puro estilo Aquí no hay quién viva sin chascarrillos. Al final, la ciudad no deja de ser un decorado nevado de cartón piedra con un cosmos absorbente del que admito, es difícil despedirse. Un escenario autorreferencial en sí mismo, repleto de marcas, shows televisivos e incluso libros, que solo existen en ese curioso universo.

Fotograma de Las chicas Gilmore entrando en su casa con ambiente nevado y navideño
Fotograma de Las chicas Gilmore

Hablando de muchas cosas a la vez

La amalgama de tramas e historias en La señora Potter no es exactamente Santa Claus compite (fuertemente) con la cantidad de temas que toca casi sin darnos cuenta. Historias de abandono y la reconstrucción de uno mismo, o sobre la literatura y el mundo de la creación como un refugio para sobrevivir. También, como dejamos de llevar a cabo nuestras ideas por que esa idea solo siga siendo una posibilidad infinita en nuestra mente y nos da miedo. Asimismo, y más de cerca, el papel de la prensa y como (casi) siempre es una especie de teléfono escacharrado, dado que contar la realidad siempre es distorsionarla desde tu punto de vista, por mucho que quieras ser objetivo. Pero, sobre todo, si algo merodea por las esquinas de las páginas La señora Potter no es exactamente Santa Claus es la idea de la creación como una energía cósmica que saca todo lo que llevamos dentro, y arrasa por delante a todo lo que tiene. Tanto ciudades como personas.

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Comentarios

  1. No es lo mío el humor absurdo, pero tengo ganas de echarle un ojo :-)
    Un beso.

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    Respuestas
    1. Es un libro muy, muy peculiar. Si lo abrazas por completo, creo que no querrás salir de esa fría y helada ciudad <3

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