Emily St. John Mandel
Picador
Tapa dura / digital | 320 páginas | 27€ / 15,50€
Con Exit Party, Emily St. John Mandel publica su séptima novela y sigue haciendo crecer ese hilo del que llevamos (bastante) tiempo tirando sus lectores. Tras reseñar en el blog sus tres primeras obras de corte noir (Last Night in Montreal, The Singer’s Gun y The Lola Quartet) y su consagración en un terreno más especulativo (Estación Once, El hotel de cristal y El Mar de la Tranquilidad), este nuevo libro podríamos decir que funciona como una síntesis perfecta de su trayectoria narrativa.
La propia autora ha comentado en numerosas ocasiones —y con lo que estoy más que de acuerdo— que no cree que una novela (y más, las suyas) deba encerrarse bajo las fronteras de una sola etiqueta, sino que puede habitar varios géneros a la vez y coexistir en todos ellos. Exit Party es un buen ejemplo de ello, una historia donde la ficción especulativa y el pulso del thriller conviven con el multiverso, la física cuántica y las decisiones que cambian (para siempre) una vida.
El elemento distópico
No es la primera vez que Mandel explora escenarios distópicos, pero si Estación once proyectaba un futuro pospandémico alejado de la civilización moderna, Exit Party se instala en un mañana que, en algunos aspectos, resulta demasiado reconocible. Como ironizaba un titular reciente en Wired: si Estados Unidos colapsa pronto, no culpen a Emily St. John Mandel. La novela comenzó a escribirse en la primavera de 2022, según explicó la propia autora, a partir de sus preocupaciones por la polarización política en EE. UU. y por lo que podría suceder después de una posible fractura del país.
Mandel dibuja un 2031 en el que los Estados Unidos han dejado de existir tras un golpe de Estado y una sangrienta guerra civil. El territorio americano ha saltado en pedazos, fragmentado en pequeñas naciones independientes, alianzas regionales inestables y ciudades-estado en tregua permanente. Pero lo que más me interesa del escenario distópico de Exit Party no son las grandes ruinas apocalípticas, sino la cotidianidad con la que sus habitantes han aprendido a convivir con el desastre. Controles, campos de refugiados, patrullas internacionales de paz recorriendo las calles. La distopía de la novela resulta asfixiante precisamente porque ocurre a pie de calle, en ese choque entre la normalidad doméstica y el desmoronamiento de una nación.
Sin embargo, en su segunda mitad, Mandel explora otro tipo de política: la del estado de vigilancia omnipresente. Un mundo en el que la seguridad se ha pagado a cambio de una libertad cada vez más erosionada por un aparato de control burocrático e hipertecnológico que persigue a los disidentes —con redadas que inevitablemente recuerdan a las del ICE— y extiende sus tentáculos hasta las colonias lunares. Mandel contrapone así dos formas de pesadilla social y política contemporánea —el colapso violento frente al autoritarismo tecnológico— para explorar lo que estamos dispuestos a sacrificar en nombre de la seguridad.
Pero, por suerte, esto nunca llega a convertirse en el centro de la novela. Lo que le interesa está un poco más abajo: ¿qué hacemos las personas cuando las circunstancias que nos rodean dejan de parecerse a las que conocíamos? Ahí también aparece cierta esperanza, en la idea de que ningún sistema —ni la tiranía ni el caos— es eterno. La autora nos recuerda que, aunque en la novela el tiempo de ese país ya se haya agotado, en nuestro mundo real todavía estamos a tiempo. Material para pensar.

De mundos paralelos y otras cuestiones
Para introducirnos en este mundo alterado, Mandel recurre a un mecanismo narrativo efectivo como es utilizar a un personaje que acaba de salir de prisión tras cumplir una condena de dieciocho años. Esa desconexión social forzosa de los últimos años de Ari la convierte en nuestro avatar y vehículo perfecto dentro del libro. Ella necesita entender qué ha ocurrido durante todos esos años y cómo ha cambiado el mundo que dejó atrás. Nosotros, también. Es un recurso sencillo, pero funciona especialmente bien porque evita que Mandel tenga que explicarnos de entrada toda la nueva geopolítica. Mientras Ari intenta situarse en el mapa, nosotros hacemos exactamente lo mismo.
A partir de ahí, es inevitable pensar en cómo la literatura reciente ha abordado el concepto de las vidas no vividas. Mientras en éxitos como La biblioteca de la medianoche, de Matt Haig, las realidades alternativas sirven como una fábula íntima sobre el arrepentimiento personal, el enfoque de Mandel es sensiblemente más complejo. Mandel no utiliza los caminos divergentes para ofrecer un consuelo individual, sino para explorar la noción de la contravida —concepto que rescata de Philip Roth— desde una escala colectiva. ¿Cómo cambia lo que somos no solo por las decisiones personales, sino por la estructura social que nos rodea? En Exit Party, la presencia de réplicas permite mostrar que la identidad no se desarrolla en un vacío, sino que el entorno moldea parte de nuestras aristas y condiciona aquello que podemos llegar a ser.
En el plano técnico, resulta además muy revelador el manejo del punto de vista. Mandel, cuyo estilo por defecto ha sido históricamente la tercera persona —un distanciamiento elegante que le permite mover piezas sobre un mapa amplio—, introduce en ciertos tramos una voz en primera persona mucho más íntima y confesional. Ese tránsito entre lo panorámico y lo personal le da a la historia una inmediatez perfecta para retratar la búsqueda de sentido en medio del caos.
Resonancias temáticas
Si algo define la narrativa de Emily St. John Mandel —además de saltarse la cronología lineal una y otra vez— no es la especulación dura ni la moraleja ideológica, sino su obsesión por la psicología de la vulnerabilidad y la culpa. En Exit Party reaparecen con fuerza varios de sus temas habituales: los personajes moralmente ambiguos, atrapados en las consecuencias de decisiones tomadas en el pasado, y esa fascinación por los tránsitos vitales, por esos momentos en los que una persona deja de ser quien era sin saber todavía quién será después, como ocurría a Gavin en The Lola Quartet o al propio Anton Waker en The Singer’s Gun. Aquí Ari no es una heroína idealizada; es una exconvicta de 48 años que carga con dieciocho años de cárcel por encargar un golpe contra su primo Anton.
Y es que a Mandel siempre le han interesado esas figuras que navegan en los márgenes de la legalidad o de la supervivencia, algo que ya estaba presente desde Last Night in Montreal y The Singer’s Gun. También le interesa observar cómo la identidad se reconfigura cuando el marco social que la sostenía desaparece. En sus novelas, el individuo siempre es una especie de migrante de su propia línea temporal. Personas obligadas a reinventarse en París, en una colonia lunar o en una república centroamericana tras ver cómo su mundo anterior ha desaparecido por completo. Fiel a su estilo, Mandel vuelve a colocar el peso de la historia no en la resolución técnica del enigma —que resulta, todo hay que decirlo, bastante débil y simple—, sino en la fragilidad de las relaciones humanas, la búsqueda de una redención tardía y las fricciones de la memoria. Para ella, el misterio especulativo y de ciencia ficción dura es solo un trampolín para la exploración melancólica de sus personajes.
Y aquí aparece otro elemento que lleva años siendo importante en sus novelas: el arte. En esta arquitectura de resistencia, el arte actúa como un conector atemporal. Se transmite a través del tiempo y ofrece una forma de inmortalidad. Un lienzo como Swan Dive —que conocemos desde El hotel de cristal— pasa de mano en mano durante décadas, vinculando a desconocidos de diferentes épocas y universos que depositan sus propias emociones en la obra. Los objetos culturales y artísticos son, de alguna forma, las únicas constantes universales que sobreviven al colapso. Tratar de ser una buena persona cuando el tejido social se desmorona es la verdadera prueba de fuego de los protagonistas de Mandel.
Toca hablar (de nuevo) del Mandelverse
Es importante señalar que Emily St. John Mandel ha repetido en numerosas ocasiones que no existe un plan maestro detrás de la interconexión de sus libros. No hay una guía ni un mapa conceptual colgado en la pared de su estudio. Su impulso responde, más bien, al deseo de encontrar orden en el cosmos de la vida y a un afecto genuino por sus propios personajes. Eso sí, conviene tener en cuenta que la lectura de sus novelas no sigue un orden rígido: si ya has leído The Singer’s Gun, reencontrarte con ciertos personajes en obras posteriores te aportará un impacto emocional muy distinto y cargado de matices (como ocurre con las novelas de David Mitchell y el Mitchellverse), aunque también es posible que te encuentres con algunos spoilers inevitables sobre el destino de sus protagonistas.
Así se definió el Mandelverse en un mapa que relaciona sus novelas, publicado en una edición especial de Estación Once:
En Exit Party, ese mapa de resonancias y guiños alcanza nuevos lugares y genera nuevas conexiones. De nuevo, la obra se sostiene como un texto autoconclusivo e independiente, pero teje hilos profundos con todo su corpus anterior. Por primera vez en su bibliografía, la autora toma a una figura secundaria de sus inicios y la convierte en la protagonista absoluta de una nueva historia: de The Singer’s Gun recuperamos a Ari Waker tras cumplir dieciocho años de condena en prisión por encargar un golpe contra su primo Anton. Eso le permite a Mandel explorar las secuelas emocionales y la culpa que arrastraba el personaje, pero también comprobar qué queda de una persona cuando casi dos décadas de su vida han transcurrido al margen del mundo. A esta conexión se suma la herencia de El hotel de cristal, no solo por el memorable cuadro Swan Dive que desencadena el enigma de la fiesta —obra original del personaje de Lucas Alkaitis—, sino por la sutil estela de Vincent y su fijación por las vidas no vividas contempladas desde el borde del océano. Swan Dive funciona además como uno de esos objetos que hacen visible la conexión entre los distintos mundos de Mandel.

Finalmente, Exit Party funciona también como una especie de precuela y relato fundacional de la geopolítica que vimos en El mar de la tranquilidad. La fractura de los antiguos Estados Unidos en 2031 da nacimiento a la República de California, la República Atlántica y el Reino de Deseret, además del desarrollo primigenio de los asentamientos lunares; la misma geografía fragmentada por la que viajará, siglos después, en el año 2300, la escritora Olive Llewellyn durante su gira literaria. La propia Mandel ha explicado en una entrevista que quería sugerir precisamente que Exit Party podía funcionar como la historia fundacional de ese futuro que ya aparecía en El mar de la tranquilidad.
Y quizá ahí esté una de las mayores virtudes de Exit Party (como el resto de novelas de la autora): no necesita que hayas leído todo Emily St. John Mandel para funcionar, pero si llevas años siguiendo sus novelas, cada nueva adición modifica ligeramente la imagen que tenías de las anteriores. El universo sigue creciendo y ganando matices. Y Mandel parece disfrutar tanto como nosotros buscando las conexiones. Yo, desde luego, estoy deseando ver qué será lo siguiente.
La propia autora ha comentado en numerosas ocasiones —y con lo que estoy más que de acuerdo— que no cree que una novela (y más, las suyas) deba encerrarse bajo las fronteras de una sola etiqueta, sino que puede habitar varios géneros a la vez y coexistir en todos ellos. Exit Party es un buen ejemplo de ello, una historia donde la ficción especulativa y el pulso del thriller conviven con el multiverso, la física cuántica y las decisiones que cambian (para siempre) una vida.
Es el fin del mundo, pero nosotros vamos a una fiesta
La trama arranca en un Los Ángeles futurista, en el año 2031. Tras un feroz golpe de Estado, lo que solía ser Estados Unidos se ha sumido en una contienda civil devastadora. El país se ha fragmentado en pequeñas naciones independientes y ciudades-estado; entre ellas, la recién configurada República de California. La narración se sitúa en la noche exacta en que se levanta el toque de queda y las tropas internacionales de mantenimiento de la paz abandonan la ciudad. Hay en el aire una efervescencia colectiva, un pequeño alivio salpicado por el terror latente de los ataques terroristas perpetrados por leales al antiguo régimen.
En medio de este escenario, Ari Waker —a quien algunos quizá recuerden de la segunda novela de Mandel, The Singer’s Gun— asiste a una fiesta en un apartamento pequeño y glamuroso de Silver Lake junto a su compañera de piso, Gloria. Sin embargo, la celebración pronto se enrarece en una secuencia casi alucinatoria. Ari descubre la presencia de la que parece su doppelgänger, una mujer vestida con un diseño de noche que, presa del pánico, la llama Ibari —el nombre que figura en su documento de identidad original— y le exige saber dónde están. Mientras tanto, Gloria parece también encontrar a su propia réplica, y Kareem, el anfitrión, advierte a Ari de que algo anda mal antes de esfumarse por completo.
La tensión cristaliza cuando Gloria descuelga de la pared Swan Dive, un cuadro de 1968 que retrata el océano con un par de pies hundiéndose bajo las olas. El lienzo desaparece del suelo de la cocina para reaparecer instantes después bajo el brazo de Gloria, en una brecha lógica irresoluble. Y aquí es donde Exit Party empieza a mostrar sus cartas.
La trama arranca en un Los Ángeles futurista, en el año 2031. Tras un feroz golpe de Estado, lo que solía ser Estados Unidos se ha sumido en una contienda civil devastadora. El país se ha fragmentado en pequeñas naciones independientes y ciudades-estado; entre ellas, la recién configurada República de California. La narración se sitúa en la noche exacta en que se levanta el toque de queda y las tropas internacionales de mantenimiento de la paz abandonan la ciudad. Hay en el aire una efervescencia colectiva, un pequeño alivio salpicado por el terror latente de los ataques terroristas perpetrados por leales al antiguo régimen.
En medio de este escenario, Ari Waker —a quien algunos quizá recuerden de la segunda novela de Mandel, The Singer’s Gun— asiste a una fiesta en un apartamento pequeño y glamuroso de Silver Lake junto a su compañera de piso, Gloria. Sin embargo, la celebración pronto se enrarece en una secuencia casi alucinatoria. Ari descubre la presencia de la que parece su doppelgänger, una mujer vestida con un diseño de noche que, presa del pánico, la llama Ibari —el nombre que figura en su documento de identidad original— y le exige saber dónde están. Mientras tanto, Gloria parece también encontrar a su propia réplica, y Kareem, el anfitrión, advierte a Ari de que algo anda mal antes de esfumarse por completo.
La tensión cristaliza cuando Gloria descuelga de la pared Swan Dive, un cuadro de 1968 que retrata el océano con un par de pies hundiéndose bajo las olas. El lienzo desaparece del suelo de la cocina para reaparecer instantes después bajo el brazo de Gloria, en una brecha lógica irresoluble. Y aquí es donde Exit Party empieza a mostrar sus cartas.
Fotografía nocturna de Los Angeles por Lindsay Meares
El elemento distópico
No es la primera vez que Mandel explora escenarios distópicos, pero si Estación once proyectaba un futuro pospandémico alejado de la civilización moderna, Exit Party se instala en un mañana que, en algunos aspectos, resulta demasiado reconocible. Como ironizaba un titular reciente en Wired: si Estados Unidos colapsa pronto, no culpen a Emily St. John Mandel. La novela comenzó a escribirse en la primavera de 2022, según explicó la propia autora, a partir de sus preocupaciones por la polarización política en EE. UU. y por lo que podría suceder después de una posible fractura del país.
Mandel dibuja un 2031 en el que los Estados Unidos han dejado de existir tras un golpe de Estado y una sangrienta guerra civil. El territorio americano ha saltado en pedazos, fragmentado en pequeñas naciones independientes, alianzas regionales inestables y ciudades-estado en tregua permanente. Pero lo que más me interesa del escenario distópico de Exit Party no son las grandes ruinas apocalípticas, sino la cotidianidad con la que sus habitantes han aprendido a convivir con el desastre. Controles, campos de refugiados, patrullas internacionales de paz recorriendo las calles. La distopía de la novela resulta asfixiante precisamente porque ocurre a pie de calle, en ese choque entre la normalidad doméstica y el desmoronamiento de una nación.
Sin embargo, en su segunda mitad, Mandel explora otro tipo de política: la del estado de vigilancia omnipresente. Un mundo en el que la seguridad se ha pagado a cambio de una libertad cada vez más erosionada por un aparato de control burocrático e hipertecnológico que persigue a los disidentes —con redadas que inevitablemente recuerdan a las del ICE— y extiende sus tentáculos hasta las colonias lunares. Mandel contrapone así dos formas de pesadilla social y política contemporánea —el colapso violento frente al autoritarismo tecnológico— para explorar lo que estamos dispuestos a sacrificar en nombre de la seguridad.
Pero, por suerte, esto nunca llega a convertirse en el centro de la novela. Lo que le interesa está un poco más abajo: ¿qué hacemos las personas cuando las circunstancias que nos rodean dejan de parecerse a las que conocíamos? Ahí también aparece cierta esperanza, en la idea de que ningún sistema —ni la tiranía ni el caos— es eterno. La autora nos recuerda que, aunque en la novela el tiempo de ese país ya se haya agotado, en nuestro mundo real todavía estamos a tiempo. Material para pensar.

De mundos paralelos y otras cuestiones
Para introducirnos en este mundo alterado, Mandel recurre a un mecanismo narrativo efectivo como es utilizar a un personaje que acaba de salir de prisión tras cumplir una condena de dieciocho años. Esa desconexión social forzosa de los últimos años de Ari la convierte en nuestro avatar y vehículo perfecto dentro del libro. Ella necesita entender qué ha ocurrido durante todos esos años y cómo ha cambiado el mundo que dejó atrás. Nosotros, también. Es un recurso sencillo, pero funciona especialmente bien porque evita que Mandel tenga que explicarnos de entrada toda la nueva geopolítica. Mientras Ari intenta situarse en el mapa, nosotros hacemos exactamente lo mismo.
A partir de ahí, es inevitable pensar en cómo la literatura reciente ha abordado el concepto de las vidas no vividas. Mientras en éxitos como La biblioteca de la medianoche, de Matt Haig, las realidades alternativas sirven como una fábula íntima sobre el arrepentimiento personal, el enfoque de Mandel es sensiblemente más complejo. Mandel no utiliza los caminos divergentes para ofrecer un consuelo individual, sino para explorar la noción de la contravida —concepto que rescata de Philip Roth— desde una escala colectiva. ¿Cómo cambia lo que somos no solo por las decisiones personales, sino por la estructura social que nos rodea? En Exit Party, la presencia de réplicas permite mostrar que la identidad no se desarrolla en un vacío, sino que el entorno moldea parte de nuestras aristas y condiciona aquello que podemos llegar a ser.
En el plano técnico, resulta además muy revelador el manejo del punto de vista. Mandel, cuyo estilo por defecto ha sido históricamente la tercera persona —un distanciamiento elegante que le permite mover piezas sobre un mapa amplio—, introduce en ciertos tramos una voz en primera persona mucho más íntima y confesional. Ese tránsito entre lo panorámico y lo personal le da a la historia una inmediatez perfecta para retratar la búsqueda de sentido en medio del caos.
Resonancias temáticas
Si algo define la narrativa de Emily St. John Mandel —además de saltarse la cronología lineal una y otra vez— no es la especulación dura ni la moraleja ideológica, sino su obsesión por la psicología de la vulnerabilidad y la culpa. En Exit Party reaparecen con fuerza varios de sus temas habituales: los personajes moralmente ambiguos, atrapados en las consecuencias de decisiones tomadas en el pasado, y esa fascinación por los tránsitos vitales, por esos momentos en los que una persona deja de ser quien era sin saber todavía quién será después, como ocurría a Gavin en The Lola Quartet o al propio Anton Waker en The Singer’s Gun. Aquí Ari no es una heroína idealizada; es una exconvicta de 48 años que carga con dieciocho años de cárcel por encargar un golpe contra su primo Anton.
Y es que a Mandel siempre le han interesado esas figuras que navegan en los márgenes de la legalidad o de la supervivencia, algo que ya estaba presente desde Last Night in Montreal y The Singer’s Gun. También le interesa observar cómo la identidad se reconfigura cuando el marco social que la sostenía desaparece. En sus novelas, el individuo siempre es una especie de migrante de su propia línea temporal. Personas obligadas a reinventarse en París, en una colonia lunar o en una república centroamericana tras ver cómo su mundo anterior ha desaparecido por completo. Fiel a su estilo, Mandel vuelve a colocar el peso de la historia no en la resolución técnica del enigma —que resulta, todo hay que decirlo, bastante débil y simple—, sino en la fragilidad de las relaciones humanas, la búsqueda de una redención tardía y las fricciones de la memoria. Para ella, el misterio especulativo y de ciencia ficción dura es solo un trampolín para la exploración melancólica de sus personajes.
Y aquí aparece otro elemento que lleva años siendo importante en sus novelas: el arte. En esta arquitectura de resistencia, el arte actúa como un conector atemporal. Se transmite a través del tiempo y ofrece una forma de inmortalidad. Un lienzo como Swan Dive —que conocemos desde El hotel de cristal— pasa de mano en mano durante décadas, vinculando a desconocidos de diferentes épocas y universos que depositan sus propias emociones en la obra. Los objetos culturales y artísticos son, de alguna forma, las únicas constantes universales que sobreviven al colapso. Tratar de ser una buena persona cuando el tejido social se desmorona es la verdadera prueba de fuego de los protagonistas de Mandel.
Fotografía de Stefan Draschan
Toca hablar (de nuevo) del Mandelverse
Es importante señalar que Emily St. John Mandel ha repetido en numerosas ocasiones que no existe un plan maestro detrás de la interconexión de sus libros. No hay una guía ni un mapa conceptual colgado en la pared de su estudio. Su impulso responde, más bien, al deseo de encontrar orden en el cosmos de la vida y a un afecto genuino por sus propios personajes. Eso sí, conviene tener en cuenta que la lectura de sus novelas no sigue un orden rígido: si ya has leído The Singer’s Gun, reencontrarte con ciertos personajes en obras posteriores te aportará un impacto emocional muy distinto y cargado de matices (como ocurre con las novelas de David Mitchell y el Mitchellverse), aunque también es posible que te encuentres con algunos spoilers inevitables sobre el destino de sus protagonistas.
Así se definió el Mandelverse en un mapa que relaciona sus novelas, publicado en una edición especial de Estación Once:
Cada novela de Emily St. John Mandel es un universo propio, pero también, en cierto modo, parte de la misma historia mayor. Los personajes se transmiten de un libro a otro, al igual que los lugares, las frases, la literatura y la música, formando conexiones como constelaciones en el mismo cielo ficticio. Todos existen, pero no necesariamente de la misma manera en los distintos mundos de cada libro. Ninguna estrella brilla para siempre, pero por ahora, aquí están algunas de las estrellas del universo Mandel.

Mapa oficial del Mandelverse
Finalmente, Exit Party funciona también como una especie de precuela y relato fundacional de la geopolítica que vimos en El mar de la tranquilidad. La fractura de los antiguos Estados Unidos en 2031 da nacimiento a la República de California, la República Atlántica y el Reino de Deseret, además del desarrollo primigenio de los asentamientos lunares; la misma geografía fragmentada por la que viajará, siglos después, en el año 2300, la escritora Olive Llewellyn durante su gira literaria. La propia Mandel ha explicado en una entrevista que quería sugerir precisamente que Exit Party podía funcionar como la historia fundacional de ese futuro que ya aparecía en El mar de la tranquilidad.
Y quizá ahí esté una de las mayores virtudes de Exit Party (como el resto de novelas de la autora): no necesita que hayas leído todo Emily St. John Mandel para funcionar, pero si llevas años siguiendo sus novelas, cada nueva adición modifica ligeramente la imagen que tenías de las anteriores. El universo sigue creciendo y ganando matices. Y Mandel parece disfrutar tanto como nosotros buscando las conexiones. Yo, desde luego, estoy deseando ver qué será lo siguiente.
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