Hay libros que no se leen; se padecen en la piel, se habitan y se instalan en el cuerpo como una fiebre. La literatura de Elaine Vilar Madruga pertenece, sin lugar a dudas, a esta segunda categoría. Tras habernos asfixiado en la frondosidad roja de El cielo de la selva y habernos mostrado las sangrientas dinámicas domésticas del poder en La tiranía de las moscas, la autora cubana regresó a las librerías con una NOVELA (sí, en mayúsculas) descomunal, ambiciosa y profundamente perturbadora: La piel hembra. Con sus 664 páginas repletas de una densidad hipnótica, la escritora culmina una suerte de tetralogía temática (a la que sumamos Las cavidades con las anteriormente citadas) para entregar la que es una de las obras más singulares, complejas e incontestables de la narrativa latinoamericana reciente.
Por su condición de epopeya coral, intergeneracional y telúrica que abarca tres generaciones, resulta tentador caer en el cliché de comparar La piel hembra con Cien años de soledad. Sí, tenemos entre sus páginas ese aroma latino a realismo mágico, a miseria cotidiana entramada con el prodigio, a violencia y memoria. También, por supuesto, a Juan Rulfo y sus aldeas fantasmales, áridas y desoladas como Comala. Sin embargo, en mi interior y saber como lector, la ambición desbordante de La piel hembra se acerca (mucho) más a otro título colosal del catálogo de Barret: Los sorias, de Alberto Laiseca. Comparte con la obra de Laiseca ese carácter bíblico, desmesurado, febril y obsesivo, la ambición desbordante y una vocación totalizadora donde las estructuras de poder, el fanatismo político-religioso y los sistemas de creencias que son sometidos a una autopsia sin anestesia.
Así empieza todo
La historia se pone en marcha cuando en un pueblo recóndito e innombrable encaramado a la montaña, todas las mujeres abandonan sus hogares en mitad de la noche atraídas por una llamada invisible. Es la «noche áurea», donde una extraña calentura, como un llamado de Dios mismo, hace que se escapen de sus casas. Al amanecer, todas regresan al pueblo embarazadas al mismo tiempo y cubiertas por un fino polvo dorado. Cada una de ellas proclama que en sus entrañas lleva al nuevo mesías. A partir de este falso milagro (o espejismo divino, depende como se mire), Elaine teje una red incalculable de envidias, paranoia, rencores generacionales y guerras fratricidas que borra sistemáticamente la frontera entre la cordura, la iluminación y la locura colectiva. Un universo propio, donde lo fantástico y lo inquietante se entrelazan con un lirismo intenso y una rabia latente.
Uno de los aspectos más fascinantes del libro es su construcción de mundo. La geografía en la que transcurre La piel hembra es un espacio asfixiante de montañas, maizales, trillos y fango; un territorio sin localización exacta —solo separado por la cuestarriba y cuestabajo, metáforas de la vida y la muerte— que, precisamente al despojarse de un mapa concreto, adquiere una resonancia simbólica y mítica devastadora. Como es habitual en la narrativa de la autora, el escenario funciona como una extensión directa de la psique de sus habitantes. La geografía se convierte en una cárcel física, moral y existencial. Pueblo pequeño, infierno grande, como dice el subtítulo de Peyton Place. Es un mundo inusitadamente colorido, pero también una pesadilla viva donde la frontera entre los muertos y los vivos se desdibuja. En este entorno, el prodigio es cotidiano, sensorial y aterrador, con salivas que tienen sabor a ron o sudor que hace brotar el verdor de la tierra. Esta geografía opresiva funciona como el reverso rural y mitológico de las ficciones de confinamiento místico, trazando un puente directo con la atmósfera claustrofóbica dividida en La Mesías, donde el aislamiento geográfico no es un mero escenario, sino (también) la condición indispensable para que el delirio eche raíces sin la interferencia de la lógica exterior.
Ahí radica la naturaleza híbrida y seductora del libro. Elaine juega con el realismo mágico tradicional —al mismo son que David Uclés en su conocida La península de las casas vacías— para inyectarle una dosis lisérgica propia con ciertos componentes de terror sobrenatural, una especie de gótico caribeño tan propio como único. Como ella misma dice, estamos ante una «novela llamará», un texto iluminado por el esplendor devastador y tenebroso de los incendios. Hay incendios reales que abrasan pueblos y cosechas, e incendios simbólicos que devoran las conciencias. En La piel hembra, lo sagrado nunca es una abstracción espiritual: es arrastrado de forma incansable hacia el fango de la fisiología, de las vísceras y de la escatología. Asimismo, la novela sorprende por su escala. Lo que arranca como una tragedia aislada en la cima de la montaña no tarda en expandir sus tentáculos hacia La Cajusera, una zona habitada adyacente creada a lo largo de la novela, así como al llano y sus ciudades. El mundo se siente interconectado, donde las guerras de sucesión política tras la muerte del mandatario retumban en la cumbre, demostrando que ninguna comunidad puede escapar a los tentáculos de la historia y del poder dictatorial.
Toda la obra de Elaine Vilar Madruga (siempre) ha estado atravesada por la reflexión sobre los cuerpos femeninos y las formas en que el patriarcado y la fe intentan disciplinarlos. En La piel hembra esa preocupación alcanza una escala monumental. El cuerpo de la mujer —esa «piel hembra» del título— es el territorio y el campo de batalla definitivo donde se libra la lucha entre el dogma, el deseo y la resistencia. Los cuerpos aquí sufren la metamorfosis del envejecimiento, de la enfermedad y de unos milagros que operan, la mayoría de veces, como maldiciones. Es, justamente, una novela más de personajes que nunca, a los que seguimos hasta las últimas consecuencias de sus vidas.
En este mapa de la carne, la maternidad ocupa el centro neurálgico. Fiel a su mirada incisiva, la autora realiza una auténtica deconstrucción del mito mariano y de la maternidad como imposición vertical de poder. Elaine huye de cualquier idealización para desplegar un catálogo de maternidades complejas, contradictorias y francamente monstruosas, encarnadas por ejemplo en figuras como Regina, quien utiliza la gestación de su hijo para alcanzar el poder y el reconocimiento ansiados: un verdadero ejercicio de canibalismo emocional sobre su descendencia, como el que ejercía Montserrat en La Mesías aislando a sus hijas. En ambos casos, el cuerpo de los hijos deja de pertenecerles para convertirse en el territorio donde la madre proyecta su sed de trascendencia. También, Elaine retrata maternidades donde el cuerpo gestante es instrumentalizado tanto por la masa fanática como por la iglesia local —representada en el libro con la figura del descreído cura Iván— para fundar una gran mentira compartida sobre la que sostener la convivencia; como la explotación de las hermanas integrantes del grupo pop cristiano Stella Maris (de nuevo) en la obra de Los Javis. O una maternidad queer, donde Elaine explora las maternidades lésbicas y los afectos disidentes, mostrando cómo los cuidados resisten en mitad de un entorno predominantemente hostil.
La pregunta que subyace a todo es si, ante la llegada de una figura mesiánica encarnada en cuerpo de mujer, seríamos capaces de reconocerla. En un mundo donde las verdades enunciadas por mujeres son ignoradas o manipuladas a menudo, ¿qué ocurre cuando lo sagrado reclama manifestarse a través de una piel hembra? La respuesta de la novela es demoledora: la verdad es desmembrada y devorada por la propia comunidad, sea el tiempo que sea, sea el lugar que sea. Así, La piel hembra opera también bajo la política del cuerpo y sobre la figura dictatorial o tiránica vista desde la parodia del exceso y el absurdo. Toda la novela es un cuestionamiento de nuestros sistemas de fe y creencias, de en quién la depositamos, en quién necesitamos depositarla y de cómo funcionan desde lo social, lo político, lo económico y, por supuesto, lo religioso.
La lumbre contra el dogma
En el extremo opuesto a Rosalía se encuentran los hombres del pueblo. Frente al mito del hombre fuerte caribeño, La piel hembra nos presenta masculinidades castradas y empequeñecidas —como se observa en pasajes desoladores como el de Claudio Cajús en «Cabeza de pollo»—. Estas masculinidades inservibles son instrumentalizadas por madres que actúan como las ejecutoras más despiadadas del propio engranaje patriarcal, convirtiendo la descendencia masculina en mero trofeo o masa moldeable. Un ejemplo claro es Regina, embarazada también en la noche áurea, quien cree traer al mundo al mesías, su Federico; un hijo que no resultará ser el anunciado redentor, sino el rey de los borrachos del pueblo. Por mucho que su madre se empeñe en lo contrario, él terminará sirviendo el ron de su propia saliva para contentar a los vecinos.
Pero si hay un verdadero antagonista invisible en la historia, ese es la memoria. La novela plantea la familia como la primera gran cárcel del ser humano y sintetiza esta condena en una frase demoledora: «No hay peor muerte que esa: morir en los recuerdos de la familia antes que por naturaleza». Cuando el pueblo pierde su memoria colectiva, se encamina hacia su propia disolución; pero cuando personajes como Junco intentan devolver los recuerdos, el dolor regresa intacto junto a la conciencia. La piel hembra nos sugiere así que la reactivación del trauma es el único camino, tan doloroso como inevitable, para sanar tanto en la ficción como en la realidad histórica. Es este mismo viaje hacia la sanación el que vertebra la trama de La Mesías (de nuevo ambas obras conectadas en muchos aspectos), donde los hermanos adultos deben desenterrar los recuerdos de su infancia rota para romper el hechizo del aislamiento. Al final, tanto la novela de Elaine como la serie demuestran que la memoria es el único ariete capaz de derribar los muros de las cárceles familiares y los dogmas impuestos.

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