Las imitaciones, de Ramiro Sanchiz

Las imitaciones
Ramiro Sanchiz
Vestigio Ediciones
Rústica | 312 páginas | 18€



Un ídolo del rock camaleónico que marcó una época. Supercomputadoras. Drogas. Una historia alternativa de la segunda mitad del siglo XX. La psicodélica Las imitaciones, de Ramiro Sanchiz, es una fusión casi imposible de elementos —habitual en su obra— que cristaliza en una ucronía sostenida entre la literatura, la música y la ciencia ficción. Un noir de investigación en sus primeros compases, una road movie en lo siguientes, y finalmente, un weird (o new weird, esa no es aquí la cuestión) en todos los sentidos, con pasajes casi lovecraftianos y lo extravagante como norma. Todo ello, siguiendo a un viejo conocido del corpus de Ramiro Sanchiz: Federico Stahl. Aquí, un ídolo del rock, una leyenda a camino entre Dylan, Bowie y Morrison, será buscado por Valeria, una joven de la contracultura. Una búsqueda imposible donde realidad y ficción se mezclan sin distinción ni fin.

Federico Stahl ha muerto. O al menos eso dicen.
Esta frase, con la que arranca la sinopsis del libro, podría ser —en parte— su núcleo. Stahl es una leyenda, un artista de culto y, también, uno de los supervivientes del holocausto nuclear que devastó el mundo tras la II Guerra Mundial. Es un mito, construido a través de pseudohistorias y anécdotas, nunca registradas, siempre circulando como rumores y leyendas. Sin embargo, todos saben que Federico Stahl fue encontrado muerto junto a su moto, el 9 de diciembre de 2005. O no. Pero, como en todo buen mito, circulan hipótesis sin fin ¿Sigue vivo? ¿Fingió su muerte? ¿Nunca existió? Para Valeria, una periodista e investigadora musical, especializada en la vida y obra del músico que le obsesionaba desde los diez años, siempre ha estado ahí la duda, aunque no lo reconozca del todo.

Recogiendo información para los textos que acompañarán a la edición del vigésimo aniversario del conocido disco de Federico “Espíritu libre”, Valeria decide que redactará un comentario documentado y meticuloso de todas las grabaciones incorporadas de la edición, algunas de ellas inéditas, versiones solo disponibles hasta ese momento en discos piratas. Y la investigación llevaba ya casi un año cuando el gran Gustavo Mantarelli le aceptó una entrevista. Inicia aquí la duda, con esa conversación con Mantarelli que pondrá la vida de Valeria patas arriba cuando le confiesa que Stahl esta vivo. Así da lugar un viaje casi detectivesco desde Montevideo hasta la Argentina. Una búsqueda imposible repleta de posibilidades. Un misterio a desenredar que implica a LEO13000, una supercomputadora cuya comunicación es un misterio, o una droga superpotente conocida como DYMORVID, que hacen que el viaje nunca se pueda distinguir si es real o solo una ficción construida.

Ilustración interior de Alterlier

El impulso totalizador
Seis novelas después, y un buen puñado de relatos de por medio, Federico Stahl ya es como ese viejo amigo y conocido que veo de vez en cuando. También, una obsesión, una búsqueda, similar a la de Valeria en la novela. Una constante necesidad de mapearlo, de cartografiarlo dentro de la narrativa del Proyecto Stahl. Aquí, el camaleónico artista que cambió la historia de la música, se encuentra entre sombras, creando realidades paralelas, como espejos de alguna de sus otras identidades. Es aquí, de alguna forma, una especie de detonante, de reflejo que da luz a la leyenda de otros Stahl, simulados o no, imitados o no, que conviven en distintas líneas de tiempo como ocurría en El orden del mundo y su isla de basura. Una multitud de Stahl(s), todos diferentes según las decisiones tomadas.

Unidos, una vez más, por la figura de Federico, construido como personajes (el mismo a la vez no) con pequeñas diferencias puntuales en su biografía y contexto histórico, la novela o macronovela maximalista (reunida en novelas, novellas y colecciones de relatos aparecidos) funcionan como una reescritura constante del personaje (incluso del propio libro), de la figura, sin poder determinar cual es la real, por qué de alguna forma, todas son reales y ninguna mentira. Cada novela es, de alguna forma, una respuesta a otras. El desarrollo de puntos específicos que nos dejaron otros textos por el camino, y a la vez, que dejaran nuevos asuntos para el futuro. Ninguno está terminado, todos son un work in progress continuado que le da al lector esa enigmática (y absorbente) experiencia laberíntica, conectiva y paradójica. Sabes que nunca va a acabar, y a la vez, lo necesitas. Es como un virus, el virus Stahl que podríamos llamar, donde hay que aceptar (y abrazarlo) como lo que es: siempre en construcción, siempre mutando.

La memoria como detonador narrativo
Las imitaciones promueve ante todo el caos y la sobreabundancia referencial para experimentar posibilidades cruzadas y no un orden deductivo dentro de su lectura. Aquí, como en Verde, por poner un ejemplo, la memoria es el detonador de la historia y juega un papel fundamental. Vista como una reconstrucción ficcional mecánica desde el punto de vista de la propia Valeria, que pasa tanto por la experiencia de las drogas como de la conexión wetwear con una computadora, nos insta en todo momento a dudar sobre la legitimidad de su narración. Los índices de extrañeza no hacen más que aumentar y aumentar según vamos volteando las páginas. El viaje no es lineal, no es cronológico, es algo casi fractal, con repeticiones a otras escalas y tamaños de la misma historia. No hay un punto de llegada. El final es una recapitulación, una obligación de reconstruir lo leído y aceptar la (cruel) realidad: ninguna memoria es fiable.

Ilustración interior de Alterlier

Toda realidad es ficción
Todo mito es ficción. Y toda vida, también. Por qué al final somos, de alguna forma, los relatos que nos contamos. También, el que otros cuentan de nosotros. Y ambos, todos, difieren. Por que la relación estricta con lo real es complicada. Casi pueden verse como mundos paralelas, vidas que se parecen pero tienen detalles diferentes. Aunque nosotros operamos desde lo real, o eso es lo que creemos, siempre es ficción. Por qué plasmar lo real en un texto, o en una charla, en una vida, es un constructo imposible. Así, Las imitaciones, se rige por la celebración de las posibilidades que surgen de esa relación. Construir realidades en torno a lo que se cuenta, siempre señalado por el desconocimiento y los límites difusos donde nada queda claro ni es posible ser analizado. La ficción no es un escape de la realidad, sino el sistema operativo que la hace posible.

¿Quién fue realmente Federico Stahl? ¿Un músico folk? ¿Un superviviente? ¿Un músico eléctrico? ¿Un extraterrestre andrógino en los escenarios? ¿Un muerto? ¿Una leyenda? Lo mejor de Las imitaciones es que todas las versiones de la historia pueden convivir, y a la vez, no. Las contradicciones deforman la realidad de un escenario marcado por las consecuencias postatómica, que parecen sacadas de un escenario de Philip K. Dick y de un personaje sobre el que todo y nada (a la vez) se sabe. Así, la novela despliega un análisis profundo sobre cómo los relatos no solo describen el mundo, sino que lo fabrican. Sanchiz propone que el lenguaje y la realidad deben ser isomórficos; es decir, que la estructura de nuestras explicaciones debe encajar con los hechos, aunque estos sean ficciones. De esta forma, toda ficción es realidad, y toda realidad es ficción, como la simulación (contada y narrada) que cada uno de nosotros vivimos cada día de nuestras vidas.

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