La ciudad de las luces muertas, de David Uclés

La ciudad de las luces muertas
David Uclés
Destino
Tapa dura / digital | 288 páginas | 22,90€ / 11,39€



Mucho se habla —y se ha hablado— de David Uclés en las últimas semanas. Por desgracia, no tanto de lo literario ni de su publicación más reciente, la novela ganadora del premio Nadal: La ciudad de las luces muertas. Tras conquistar a público y crítica especializada con La península de las casa vacías, esta cuarta novela de David nos prometía visitar las Barcelonas que han existido, dado que en la novela (casi como en la vida) convergen y se superponen en el mismo lugar: (re)aparecen edificios desaparecidos y surgen otros del futuro nunca vistos tras un apagón. En un territorio (re)imaginado donde conviven tiempos y miradas que jamás deberían coincidir, la ciudad queda desbordada por todas sus épocas y personajes del mundo de la cultura interactuando para restaurar la ciudad y su tiempo.

Carmen Laforet al mando
Un apagón total, de origen incierto, sume a Barcelona en una oscuridad absoluta. No solo eso, si no que la continuidad espacio-temporal ha sido resquebrajada y todas las Barcelona(s) habidas y por haber aparecen (y desaparecen) en el mismo lugar: la histórica, la literaria, la cultural y la reprimida. La culpable parece Carmen Laforet, nuestro hilo conductor, tras desear que siempre sea de noche para estar inspirada. Su deseo se ve cumplido —sin pensar en las consecuencias— y, de la noche a la mañana, cientos de personajes, de varias épocas, coinciden y buscan solución al problema. El plan: robar una bombilla gigante y colocarla en la cúspide del cielo.

Fragmento de la cubierta de Diego Rodríguez

Realismo mágico descendente
En La ciudad de las luces muertas ocurre algo que no sentí leyendo La península de las casas vacías: el libro, en parte, parece demasiado deslavazado. Un conjunto de retales, algunos más interesantes —Detective Carvhallo, usted si que mola— que otros, pero que no consiguen encontrar la misma solidez que el relato de la familia Ardolento. Repite el estilo de David, con descripciones bellas repletas de lirismo y con una imaginación desbordante más cercana a la fantasía (surrealista) que al realismo mágico. Sin embargo, llega un momento que la aparición de más y más personajes parece no tener un fin para una trama difuminada que tampoco da para tanto. En conjunto es, más bien, un mosaico loco, uno que no encaja del todo, y fulmina al lector disparando una imagen tras otra con la visión de una surrealista (e imposible) Barcelona(s).

La fiesta del cameo
Contaba David Uclés en la entrega del premio que el libro se escribió gracias a la beca Montserrat Roig, la cual proponía honrar la estela literaria de Barcelona. Tomada la (potente) premisa al pie de la letra, La ciudad de las luces muertas es una carta de amor hacia la ciudad, una especie de portal literario comandado por Carmen Laforet que nos lleva a tantos personajes ilustres como Gaudí, Picasso, Mercè Rodoreda, Freddie Mercury, Fermín Cacho, Lorca, Ana María Matute, Josep Pla, Miró, Terenci Moix e incluso Rosalia. Y aunque a veces parece más una fiesta del cameo que otra cosa, donde las menciones son meras pinceladas de personajes que habitan o habitaron Barcelona, otros llevan la “trama” de la novela. Como decía David Uclés, al final la novela es un mosaico modernista y vanguardista (con algunos coqueteos con la experimentación formal tipográfica) que rompe el esquema tradicional de la novela.


La luz entre tanta oscuridad
Una de las cosas que más me ha gustado de la novela es su mensaje o recordatorio sencillo (aunque esquemático) de la importancia de la cultura en los días más oscuros. A parte de ser una carta de amor a Barcelona y sus calles en las que ha congregado a muchos de los intelectuales más brillantes que pasaron por allí, La ciudad de las luces muertas es un llamamiento a despertar nuestros cerebros (y cuerpos) del estado latente de oscuridad pasiva que vivimos. Un recuerdo de que la palabra (escrita o hablada) también es un arma importante que tenemos como sociedad. Desde la ingenuidad de Zafón hasta la tenacidad de Laforet, David propone la unión como fuerza y la cultura como revolución para devolver la luz (metafórica y físicamente en la novela) y esperanza al pueblo. Un mensaje bonito para los tiempos que corren.

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