Mona Awad (Jaime Valero Martínez)
Stefano Books
Tapa blanda / digital | 352 páginas | 18€ / 8,99€
Probablemente lo primero que vais a encontrar en una reseña sobre Bunny, de Mona Awad, sea la pregunta: ¿qué demonios acabo de leer? No es para menos, la segunda novela de la autora canadiense es una sátira académica de horror surrealista, un viaje caótico, alocado y bizarro salpicado por el trauma que recuerda a la ambientación de El secreto, pero que temáticamente está más cerca de películas como Chicas malas o a la magistral (e incomprendida) serie Screams Queens. Innecesariamente enrevesado, como dice una de las propias frases del libro, Bunny resulta un libro adictivo y disfrutable —que apenas duró un par de días en mis manos— que resuena como una novela ambientada en un campus universitario, pero impregnada de malicia, perversión y asombro a la altura de Saltburn.
Bienvenidos a Warren
La Universidad Warren, una escuela de élite ficticia de Nueva Inglaterra, es el lugar en el que la solitaria becaria Samantha Heather Mackey cursa un elitista (y reducido) máster de escritura creativa. Aunque tiene una amiga, considerada una marginada en la escuela, Samantha se ve atraída por el creciente interés de un grupo de chicas de su clase llamadas las bunnies, un grupo exclusivamente femenino —primero en la historia de la universidad— bastante particular a quienes Samantha ha puesto sus propios apodos y que también asisten al máster. La historia comienza cuando Samantha es invitada al Salón de las obscenidades de las bunnies, donde se sientan a leer historias picantes que han inventado para estimular su creatividad. Poco a poco Samantha se ve inmersa en el mundo de las bunnies, donde nada de lo que pensaba es lo que parece, y donde todo lo que quiere crear, parece tomar vida.
Ilustración de la artista digital ma-ar
La febril escritura de Mona Awad
Una de las particularidades de Bunny es el tono extraño y único que te acompaña a lo largo de todo el libro. El libro, narrado desde la perspectiva —nada fiable— de Samantha, se va revelando como una percepción no del todo precisa, como una sucesión de momentos extraños que siempre nos tiene atentos a seguir alguna pista, algún atisbo o indicio de lo que realmente sucede. Mientras uno engulle el texto fascinado por completo, se da cuenta de que la escritura de Mona Awad es la causante de este efecto. La prosa rica y lírica refuerza la especie de mundo onírico de la novela, donde todo es una digna pesadilla sacada de la mente de Lynch, donde el lector debe recurrir a sus propias creencias y experiencias para desentrañar lo que realmente aconteció.
La sátira académica
Otro de los elementos centrales de Bunny es la crítica a la naturaleza aislada, artificial y excesivamente teatral de los talleres de escritura creativa. La mente colmena frente al aislamiento, donde esas bunnies son como el otro, el extraño: hablan y actúan como una sola unidad, aterradoramente cohesionada. En muchos aspectos, influida por la mecánica del cuento de hadas —donde la transformación y el horror son inoculados desde el deseo y el miedo— Bunny resulta una exploración interesante sobre los peligros de vivir solo en tu propio espacio imaginario. La novela ofrece una crítica mordaz sobre el mundo académico, apuntando al privilegio en el que se encuentra inmersa Samantha, a la dinámica de poder entre estudiantes y profesores que perdura, y al deseo, casi desesperado, de ser mejor que los demás en un mundo tan competitivo como es el de la escritura.
Edición artesanal de MrsYoflamsBooks
Hiperfeminización cuqui y terror
Otra de las capas dentro de Bunny es la exploración de las (complejas) relaciones entre mujeres, donde el afecto, la ferocidad y la competencia son armas de doble filo. Las bunnies encarnan la feminidad llevada al extremo de lo cuqui (aprovecho a recomendar El poder de lo cuqui, de Simon May), no solo como capricho estético o moda, si no como uno de los factores que explican su forma de ser: colegialas risueñas, con labios pintados y belleza perfecta dentro de los cánones pero que deriva hacia lo lindo y extremo. La novela transforma esas representaciones tradicionales de la amistad femenina en un horror de corte sectario, donde las cosas lindas (como en Scream Queens) tiene ese cariz terrorífico, como dos elementos que coexisten pero que se alejan de lo tierno para dar la mano a lo aterrador. El conejo, imagen de la inocencia pura, se ve por Mona Awad revertido y magnificado en esta hiperfeminización cuqui para representar la dinámica entre mujeres y el miedo a no saber en qué posición te encuentras dentro de esos grupos.
Ambigüedad como norma
La otra afirmación —más allá del ¿qué demonios acabo de leer?— que podemos encontrar en las reseñas sobre Bunny es la polaridad de opiniones, dando la impresión de que es uno de esos libros que odias o amas. Quedando claro que no es un libro para todo el mundo y que se debe abrazar la extrañeza y la ambigüedad en todo momento para disfrutarlo, Bunny es un libro curioso de leer: brillante e incómodo para unos, o caótico y pretencioso para otros. En mi caso, me inclino más por lo primero que por lo segundo, pero con varios matices, como algunas subtramas (la del profesor, por ejemplo) que no nos llevan a nada, o un realismo mágico presente que no termina de tener un sentido íntegro dentro de la novela. Quizás todas las pistas de Mona están ahí y no he terminado de verlas al completo, o quizá, como parece ser su intención, todo queda en nuestra manos, en nuestra interpretación, para hacer nuestra propia lectura de lo que Samantha vivió. ¿Leeré la segunda parte, precuela y secuela a la vez, con las bunnies contando su versión de la historia? Yo digo si.
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